29 janeiro 2011

Infancia y Institución - Conversación con Paolo Virno

Esta charla tuvo lugar en la escuela Creciendo Juntos, en octubre de 2006, aprovechando la visita del filósofo italiano Paolo Virno a Buenos Aires, quien vino a presentar su libro Ambivalencia de la multitud (Tinta Limón Ediciones 2006). La escuela hizo una invitación muy amplia y allí nos reunimos docentes, padres, madres, vecinos y amigos de la escuela. 
 

Paolo Virno: A mí me fascina el tema de la infancia, y el de una pedagogía que esté a la altura de nuevas instituciones después de la época del estado.

Siempre los movimientos revolucionarios han dado una importancia extraordinaria a “los nuevos”. En Italia hay dos libros importantes sobre el tema de la infancia. Un libro filosófico: Infancia e historia, de Giorgio Agamben. Y otro político, clave en el movimiento del 68: Epístola a una maestra, escrito por el cura Lorenzo Milani, defensor de una escuela cuyo objetivo era dar la palabra a los pobres. Dos libros, uno filosófico y otro político, sobre la infancia.

Pero quisiera agregar una reflexión sobre el posfordismo, es decir, sobre la relación entre la globalización económica y la infancia. Creo que la sociedad posfordista, la sociedad de la economía globalizada, es una sociedad pueril. En italiano, y también en castellano, pueril es la caricatura de lo infantil. Una caricatura que, sin embargo, es seria. La puerilidad de la sociedad del espectáculo –la sociedad mediática– la convierte en una caricatura de la dimensión infantil. La infancia, entonces, puede significar una crítica posible a la puerilidad de la sociedad global del espectáculo. Este es, para mí, el punto importante.

En general los revolucionarios han pensado cómo formar a la infancia. Al contrario, creo que nosotros tenemos que sacar instrucciones de la infancia: extraer de ella las claves para comprender mejor la totalidad de la sociedad posfordista pueril.

Por ejemplo: la condición de los niños contemporáneos, que es algo que, me decían, aquí se debate mucho. Es una condición cargada de una especie de madurez. Un saber hacer, un saber estar en el mundo, un saber orientarse cuando hay muchos imprevistos, cuando no hay reglas precisas. Este saber de ellos hoy es una referencia para comprender el mercado de trabajo, la precariedad y la imprevisibilidad de los usos y costumbres contemporáneas.

Un ejemplo autobiográfico puede ser un estado de infancia que dura durante toda la vida: la cárcel. La celda es un teatro de la infancia porque ella está desnuda, es simple, sin nada que puede constituir un ambiente. Dos posibilidades se abren allí: una infantil y otra pueril. El que está en la celda puede aceptar esta vuelta a la infancia y asumir una situación de fragilidad esencial. O, al contrario, puede adornar la celda como si ella fuera una habitación normal, la caricatura de una habitación normal. Esto último es un modo de hacer pueril. La sociedad del espectáculo es como una celda, adornada por ficciones.

La fragilidad de nuestra condición social en la globalización contemporánea tiene sólo dos posibilidades: la seriedad de la infancia o el carácter caricatural de la puerilidad. Frente a lo imprevisto se abre la posibilidad para los movimientos (después del 2001 o en Italia después de la revuelta de Génova) de comportarse como movimientos seriamente infantiles, que sacan instrucciones de lo que los biólogos llaman neotenia. Neotenia es la dimensión infantil, pero una dimensión infantil que concierne a todos lo hombres y todas las mujeres también cuando ellas y ellos devienen grandes. Esto significa invertir el punto de vista de los movimientos revolucionarios tradicionales, tanto para el movimiento ruso como el del 68, que se preocupaban por cómo educar de un modo revolucionario a los niños. No, no se trata de esto. Para mí, hay que ir a las escuelas de los niños para comprender el núcleo más importante de la sociedad precaria, frágil. Seriamente, creo que las instituciones post-estatales, las nuevas instituciones, pueden existir si y sólo si piensan y plantean bien la cuestión más importante: el problema de los “nuevos”.

Una buena filosofa, Hannah Arendt, consideraba a los niños como “los nuevos”. Los niños son un acontecimiento siempre imprevisto, como puede serlo una acción política. El “nuevo” que nace, física y biológicamente, es comparable –según Hannah Arendt– con una acción política impensada. Teológicamente comparable (aunque yo no me ocupo de teología) con un milagro: algo inédito.

Creo que las instituciones post-estatales tienen que ocuparse de la infancia. De la infancia literal, en primer lugar y, después, de la infancia crónica que concierne a las sociedades contemporáneas: la precariedad. Tenemos, entonces, dos tipos de infancia; la infancia crónica y la infancia literal. La perspectiva de construir instituciones nuevas, instituciones post-estatales más allá del estado, es la misma cosa que pensar de nuevo y de una manera radical, el problema de la infancia, de la infancia literal, del saber hacer de los niños. Un saber hacer excedente, a menudo, del saber hacer de los profesores.

Tomemos, por ejemplo, la relación de los niños con el lenguaje. Se comprende más el funcionamiento de un call center o del llamado trabajo inmaterial a partir de la experiencia de acceso al lenguaje de los niños. Soy muy serio cuando digo esto: la filosofía del lenguaje como filosofía de la sociedad de la comunicación, tiene que partir de las primeras palabras de un niño. El acceso al lenguaje de un niño puede decir muchas cosas sobre el funcionamiento de las fábricas de las charlas: radio, televisión, call centers, etc. Esta relación constituye una raíz política.

Las instituciones estatales, aquellas aún vigentes, son instituciones que no comprenden, en ellas, la infancia como dimensión común a todos nosotros; la infancia crónica en tanto dimensión fundamental de la incertidumbre, del saber hacer en el mundo. Las instituciones estatales son, desde el origen de la modernidad política hasta hoy, instituciones adultas o, desde hace algunas décadas, instituciones pueriles. Nunca instituciones “infantiles” fueron capaces de comprender la experiencia lingüística de orientación en el contexto vital de “los nuevos”.

Nosotros somos pobres, o yo lo soy al menos, precisamente porque tenemos que emplear siempre sólo metáforas. Pero esta metáfora es significativa, dice algo de importancia. Las instituciones pos-estatales pueden pensarse como la situación de un niño frente a  las reglas; un niño concreto, no metafórico, frente a las reglas sociales. Un niño seguramente más o menos obedece –hablo de política, no de niñería, de infancia–las reglas sociales, pero el niño las aplica haciendo referencia a una dimensión de experiencia más larga que esas reglas rígidamente definidas. Las reglas tienen que existir, pero hay una experiencia que quisiera llamar “saber hacer”, que es más larga. Esto le permite al niño comprender de una vez a la siguiente cómo aplicar la regla y también, si debe aplicarla. Esta relación entre las reglas y un saber hacer, un saber orientarse en el mundo más amplio –tanto para mí como para muchos compañeros filósofos de la política– puede constituir un criterio para tener una imagen de las instituciones pos-estatales.

Las instituciones estatales comprenden sólo las reglas y excluyen el saber hacer más largo del niño, pero también de los hombres y de las mujeres de los movimientos radicales. Las instituciones estatales son instituciones sin infancia. Desde hace tres décadas, desde el comienzo de la globalización, del posfordismo, del llamado trabajo inmaterial, las instituciones estatales han devenido instituciones pueriles. Y es que hay una diferencia: están las instituciones sin infancia, las instituciones de hierro, del siglo XX, pero desde hace tres décadas la infancia ha devenido necesaria para la producción social. La producción social del trabajo precario tiene que tener una base sobre el saber hacer del niño. Por esto la infancia ha entrado en las instituciones estatales pero como caricatura, como puerilidad. Las instituciones estatales de la sociedad del espectáculo no excluyen más la infancia pero la subsumen como una caricatura.

Creciendo Juntos: Nosotros veníamos construyendo esta escuela con determinadas orientaciones. Pero en un momento nos empezamos a plantear un montón de cosas porque la escuela tal como estaba nos daba la sensación de que no resolvía ni la mitad de los problemas que por lo menos acá, y en todo el Gran Buenos Aires, ocurren permanentemente. Pero estamos un poco en el desierto: acá no hay modelos y vivimos situaciones diarias en las que en ese mismo momento vemos cómo resolverlas. Y uno se siente un poco desamparado en ese aspecto, quizás no en la parte legal de la escuela porque si bien no es una escuela estatal el sueldo de los docentes los paga el estado. Pero siento que, por momentos, uno tiene que actuar medio clandestinamente. Sin embargo, los padres que llegan a la escuela mayoritariamente no tienen esa visión: siguen confiando en las normas y reglas de la escuela tradicional. 

PV: Estoy de acuerdo con vos sobre el estado de incertidumbre, de marcha en el desierto sin modelos. Me parece que la teoría y la filosofía política no pueden nada, deben callar porque hay problemas que tienen que ser afrontados sólo por la experiencia práctica: la dignidad de la filosofía política es saber reconocer sus límites. En Italia las experiencias prácticas de contra-escuela han sido sobre todo los maestros de camino, que se dio en una gran ciudad del sur como Nápoles.

En los barrios de Nápoles muchos chicos no iban a la escuela y estos maestros organizaban la escuela en los patios de las casas, en los barrios. Fue una experiencia muy grande, muy difundida. Nápoles es una gran ciudad de tres millones de habitantes, esto duró alrededor de diez años y todavía está funcionando.

El problema también en Italia es el de una escuela no pública y tampoco privada, una tercera dimensión de la escuela. No la escuela del estado ni la escuela del rico patrón, de la asociación de patrones. Una tercera escuela posible, contra el director funcionario del estado y contra el director empresario. La experiencia de estos maestros de camino fue una experiencia grande, importante.

Al comienzo de los años 80, después de la derrota de los movimientos revolucionarios en Italia, una forma de pensamiento radical ha sido el pensamiento pedagógico: una especie de consuelo respecto a la derrota de la lucha de clases, de la lucha revolucionaria. Pero un consuelo inteligente, un consuelo que tomaba la transformación posfordista de la sociedad en tanto sociedad flexible, precaria, etc. Había muchos libros sobre la pedagogía y las escuelas, pero no referidas a la universidad sino a la “escuela elemental”. También se contaba con la reflexión de los años 20 de los pedagogos rusos. Como texto teórico muy actual: Pensamiento y lenguaje, de Vigotsky, es un clásico absoluto por ejemplo en lo que concierne a la experiencia del juego como mezcla de afectividad y relación con el tiempo. El eterno retorno de lo mismo, la expresión filosófica de Nietzsche, es concretamente el juego de los niños, todavía y cada vez el mismo juego. Vigotsky habla muy bien de esto, por consiguiente metafóricamente pienso que Vigotsky es más actual que Rifkin respecto de la sociedad contemporánea.
La experiencia del juego: juego e instituciones pos-estatales. No quiero decir que las instituciones pos-estatales pueden ser el Luna Park, sino lúdicas en su sentido serio. La experiencia del juego como la experiencia del niño, de la infancia, es una experiencia muy seria. El juego significa enfrentar los imprevistos, calmar el pánico, calmar el miedo. La regularidad de los juegos de los niños es una dimensión de las reglas muy diferentes a las reglas rígidas: la regularidad contra la rigidez de las reglas. Creo que verdaderamente la dimensión del juego de la infancia permite hablar de las instituciones pos-estatales de un modo más concreto.

Juego, juego de  lenguaje: el niño va a saber que cuando está en la escuela emplea algunas palabras diferentes de aquellas que emplea en el juego. Juegos de palabras correspondientes a ámbitos, a contextos de experiencia. La reflexión sobre las reglas de las instituciones pos-estatales tiene en el juego un punto de referencia fundamental.

Colectivo Situaciones: Vos decías que estas instituciones pos-estatales –que son la experiencia de muchos de nosotros en los grupos, en los diversos colectivos– se asocian de alguna manera a la infancia en la medida que logran retener esa dimensión infantil. Normalmente la idea de infancia se asocia con la inocencia y vos justamente decías en una de tus conferencias que en estas instituciones pos-estatales, si algo había que pensar era la cuestión del mal. Por ejemplo, me refiero a cómo relaciones que eran de amistad de repente se pueden convertir en relaciones de odio, o de compañerismo a competencia dentro de los movimientos o grupos. Entonces, se trata de pensar que la dimensión de infancia que logran ejercitar estas instituciones pos-estatales (que consiste en que todo el tiempo pueden estar pensando/probando sus propias reglas) no tiene nada que ver con una idea de inocencia o de ingenuidad…

PV: No, absolutamente. San Agustín decía en sus Confesiones que se acordaba de sí mismo como un niño muy pequeño y muy agresivo; digamos hoy: muy cínico y oportunista. Oportunismo y cinismo en un sentido muy serio. Oportunismo para reconocer las situaciones peligrosas y las situaciones favorables: éste es el oportunismo básico, no el de los oportunistas que quieren hacer carrera. Y una especie de cinismo que también empleamos en su sentido básico: una distancia de las situaciones y también una distancia de los otros. Esta distancia es absolutamente necesaria para orientarse en el mundo. El niño no es inocente, es frágil, y la fragilidad no es en sí misma buena. Según creo, es muy abierta, es una gran apertura. Esta misma es la condición de la infancia: una gran apertura. Esta apertura es una mezcla de fragilidad y de oportunismo en un sentido básico.

Creo que los enfrentamientos internos a los movimientos, en Argentina como en Italia, han sido a menudo enfrentamientos por causa de un defecto de oportunismo y de cinismo. Enfrentamientos internos a la multitud, internos a los que quieren transformar el mundo. Otra cosa son enfrentamientos contra los que tienen el poder, la raza de los que mandan. Creo que contra las murmuraciones en el desierto, los conflictos internos a los que hacen el éxodo, las instituciones de la multitud pueden sacar algo importante de la flexibilidad de los niños con el oportunismo, pero desgraciadamente esto es todavía una metáfora. Va a llegar un día sin metáforas.

CJ: ¿Pero no hay una cuestión inherente a la condición humana que es una ambición de poder?

PV: Creo que la agresividad específicamente humana es representada más por el sentimiento del honor que por el deseo de dominar, de comandar. Atención: el honor es muy peligroso, es un sentimiento formal, un sentimiento vacío. Pero ¿qué significa honor? Este sentimiento totalmente formal, totalmente vacío, es un sentimiento, un deseo de reconocimiento, una especia de dignidad sin un contenido preciso. 
Los otros animales vinculan su “dignidad” a algunos contenidos precisos: por ejemplo, el león en su territorio (no conozco los animales, excepto nosotros, los animales humanos). En cambio en los hombres se trata de una dignidad no vinculada a un contenido preciso: esto es el honor. Sin duda el honor puede devenir la razón, la causa, de conflictos terribles y también del deseo de dominar. Uso la palabra honor, en la Italia del sur es una palabra sucia, para indicar una raíz emotiva, una raíz afectiva y subjetiva de las instituciones pos-estatales. ¿Cómo gobernar el deseo del honor, del honor como recíproco conocimiento, como dignidad, impidiendo su transformación en deseo de comandar, de dominar? De nuevo tenemos que sacar algunas instrucciones de los niños, como cuando un niño se defiende también con rupturas, con conflictos, pero defiende su dignidad, su “honor”. La manera de hacerse reconocer de un niño es una lección instructiva.

CJ: Para retomar la metáfora del niño con las instituciones: ¿diferencias lo que es estatal en la modernidad, que tiene una racionalidad jurídica específica, respecto de esta sociedad en la que no predomina esa racionalidad de reglas rígidas? ¿Tiene algo que ver con la actualidad de una cuestión más instintiva?

PV: Según creo, es más racional la relación entre reglas y saber hacer del niño que las reglas estatales sin relación alguna con el saber hacer más amplio del niño. Para mí es un criterio, un principio más racional también desde un punto de vista jurídico, esta flexibilidad de las reglas, estas relaciones de las reglas con la apertura al mundo o el saber hacer del niño. Por esto no hablaría de un carácter instintivo, pre-racional o no racional de la infancia. Me parece que hay aquí, en el comportamiento de los niños, un elemento que a menudo los juristas buscan y no encuentran: la relación entre las reglas o normas positivas, bien determinadas y el mundo de la vida.

CJ: ¿De las reglas con el derecho natural?

PV: No, derecho natural es el fundamento natural de las normas. Pero el mundo de la vida, o el saber hacer de los niños, es un comportamiento respecto al contexto vital, no es un conjunto de reglas naturales. El problema del derecho moderno desde siempre es decir: “bueno, éstas son las normas, éstas son las reglas de las instituciones”. Pero la cuestión más importante es qué relación hay entre las reglas y una experiencia mucho más informal que los filósofos llaman orientación en el mundo o capacidad de orientarse en el mundo o apertura al mundo. ¿Cuál es esa relación? Esta relación es precisamente la que el niño puede mostrarnos. El niño vive sobre la frontera entre reglas y mundo de la vida. En italiano hay una palabra “frontallere” para indicar a los que pasan la frontera. El niño es un “frontallere” entre reglas positivas determinadas y mundo de la vida. Pero esto es un problema del gran pensamiento jurídico del siglo XX.

Elisa–Los Horneros[1]: Una pregunta filosófica, aunque no conozco mucho de filosofía…

PV: Es mejor así para hablar de filosofía.

Elisa–Los Horneros: Creo que la vida es una filosofía y esto de los niños y la sociedad, esta descomposición que nosotros sentimos hoy en nuestra sociedad, se me ocurre que tendríamos que volver todo para atrás y aprender de nuevo, porque evidentemente hicimos todo mal, nosotros los grandes. Entonces, me pregunto cuál es la idea de la filosofía, del estudio sobre los problemas reales que hoy atravesamos: la violencia, la incertidumbre, la angustia de no saber cuál es la salida, qué es lo que vamos a hacer, y que cuando nos juntamos también rompemos entre nosotros. ¿Desde el punto de vista filosófico cuál sería esa pequeña salida? Por ejemplo, yo trabajo con chicos sin familia, sin padre ni madre, y cuando empieza la clase los chicos van muy entusiasmados, pasa un mes o dos meses y van perdiendo el entusiasmo: no quieren ir más, se aburren, dejan de hacer la tarea, y para ellos ya no tiene ningún sentido ir al a escuela, prefieren quedarse a jugar. Y la verdad que me produce mucha preocupación porque uno hace un montón de sacrificios para que ellos vayan a la escuela y ellos no quieren ir porque no hay atractivo, no hay nada que los contenga a ellos en la escuela. Y esta situación se repite en la vida diaria: es como que está todo hecho, que se perdió el interés por las cosas…

PV: Desgraciadamente la filosofía no dice nada acerca de todo eso. Pero, por ejemplo, hay páginas importantes de filosofía sobre el sentimiento de angustia y su diferencia con el sentimiento del miedo. La diferencia es ésta: el miedo es siempre miedo por una razón precisa, por un peligro determinado. La angustia, en cambio, es un sentimiento sin una causa precisa. En este sentido, todo el mundo puede ser peligroso. Creo que cuando los niños después de un mes se frustran de la escuela pueden tener el sentimiento de un comienzo de experiencia de angustia. Los niños conocen más que nosotros, mejor que nosotros, la diferencia entre miedo y angustia. Hay una experiencia del niño que es una inquietud general sin causa precisa, una tristeza sin causa. Algunas veces esta tristeza sin causa es favorecida por la escuela. O por la figura del padre, por ejemplo. El padre hace algunas décadas era el adulto completo, el adulto seguro de sí, punto de referencia. Hoy a menudo el padre, como decía el poeta italiano Passollini acerca de su propio padre, es un padre sin real autoridad, sin un papel importante, precisamente porque su misma experiencia ha devenido una experiencia infantil. Por ejemplo, la de ser un padre precarizado. Passollini contaba que su padre humilde era un padre siempre niño, todavía niño.

CJ: Pero no en el sentido anterior, sino en el sentido pueril…

PV: Sí, tenés razón. Un padre pueril. Un padre pueril es su vergüenza (la de Passollini) por ser un padre sin potencia, un padre sin culpa pero pueril. La pregunta que quisiera plantear es: hoy cuántos padres en la economía de la precariedad ya no son más adultos a los ojos de los hijos… Las instituciones estatales o no estatales no son seguramente una cosa técnica. Las instituciones enemigas o las que nosotros podemos construir son una mezcla de pulsiones, afectos, reglas, agresividad, relación con el contexto vital. Hablar sobre instituciones como instituciones puramente jurídicas es una manera muy poco realista y muy pobre. Al fin no se habla verdaderamente de instituciones.

CS: Volviendo sobre lo clandestino en la escuela. Estaba pensando, en parte por cosas que venimos discutiendo en el taller hace rato, sobre el hecho de que instituciones estatales puedan estar en estado de excepción interno, en el sentido de que por un lado hay reglas pero la real operación de la ejecución no es hacer reglas, sino que lo que se produce después se presenta como adecuado a las reglas, pero en el momento de trabajo hay que inventar todo el tiempo y no obedecer las reglas. A este procedimiento le venimos llamando dimensión clandestina de todas las instituciones: en todas las instituciones hay un espacio entre lo que se supone que hay que hacer y el modo en que realmente se lo hace. La preocupación nuestra es cómo lo que realmente se hace –que me imagino que es la dimensión de infante– después puede volverse público. Porque es precisamente en esa acción donde está la dimensión de laboratorio de la escuela: experimentar cómo se vuelve público lo que realmente se está haciendo. En este nivel, creo, puede haber algo así como un sistema de autorizaciones sin autoridad. Quiero decir: tal vez en este nivel no hay autoridad, porque nadie sabe qué hacer realmente, hay que estar ahí probando, y entonces no hay figura de adulto, ni hay regla que valga a priori. Pero a su vez me imagino que hay un sistema de autorizaciones, un poco como vos decías que hay que mirar a los chicos en cómo defienden su honor, en el sentido más positivo. Te pregunto esto porque me parece que es bastante común a todos lo que estamos en instituciones de cualquier tipo, incluso colectivos o grupos, que todo el tiempo hay un desfasaje entre lo que decimos que son nuestras reglas y el nivel de la práctica. Y me parece que hay un trabajo que no se hace mucho, que sería muy interesante pensar si es lo propio de una institución pos-estatal publicitar lo que hace.

PV: Lo que se hace… Lo que dijiste me parece no un problema sino “el” problema de este debate: el problema de transformar lo que es implícito y metafórico en una praxis de la esfera pública. Podría inventar algo pero la verdad más verdadera es no sé cómo puede hacerse esta transformación. Quizás el movimiento internacional hace cinco o seis años ha presentado algunas experiencias en este sentido. Habría que ver muy bien cuáles experiencias van en la dirección, pero una respuesta general teórica sería injusta respecto al hecho de que, como decía antes, la dignidad de la filosofía política es reconocer el momento de sus evidentes límites. Experiencias prácticas, experiencias públicamente –y no técnicamente– reproducibles: es el criterio de la reproducibilidad política, o política social, de algunas pequeñas experiencias prácticas. Si tú quieres el pasaje del hecho a la regla, un hecho que deviene regla: un hecho de la vida, una experiencia práctica, por ejemplo, políticamente reproducible se transforma en regla posible.

CJ: ¿Pero no se requiere siempre una condición de marginalidad? Porque si la clandestinidad tomara una centralidad se institucionalizaría…

PV: No estoy de acuerdo. Creo que el problema de las demandas que llegan a la institucionalización no es verdaderamente el problema. O sea, me gustaría mucho producir experiencias fuertes que pueden ser institucionalizadas. No creo que sea un problema el peligro de que el gobierno las convierta en instituciones, porque si el movimiento es verdaderamente autónomo puede afrontar todos los dispositivos de captura, de manipulación. En cambio, si el movimiento es débil no produce líneas dignas de ser institucionalizadas.

CJ: Yo la experiencia que tengo es que si uno ve la foto de los años 50 y 60, ve las fábricas y allí hay una persona por cada heladera que se produce. Ahora uno va a una fábrica y ve a una persona produciendo cien heladeras. En el primer caso, siento que el estado trabajaba para que eso sucediera, acompañando ese proceso fabril; ahora, por el avance de la tecnología, el estado no acompaña: deja libre el hacer a las pocas personas que van a la fábrica. Hoy día noto que el estado directamente se desliga porque sabe que no es posible absorber tanta gente en las fábricas. Entonces lo que me planteo es: hasta qué punto sirven las instituciones pos-estatales sin cambiar a la vez la perspectiva del estado con respecto  a la educación. Un ejemplo simple: mi abuela, una persona que fue formada en el colegio, luego docente, estuvo preparada para hacer su auto abastecimiento: criar pollos, gallinas, tener una granja. Hoy en día, yo no sé si no estamos obligados a volver a esa situación. Pero, si a mí me dicen de preparar una huerta no tengo ni idea; y si me dicen que mate un pollo, me muero yo primero. A lo que me refiero con esto es si no hay que cambiar el sistema filosófico con que pensamos en vez de formar instituciones o si hay que formar instituciones bajo otro punto de vista.

PV: Comprendo bien la pregunta. De nuevo creo que una verdadera respuesta es muy difícil o también imposible. Creo que las instituciones han sido modificadas por dos razones, deviniendo instituciones pueriles, flexibles, como vos acabas de decir. Primera razón: después de los movimientos internacionales de los años 60 y 70, las instituciones se tenían que transformar. Segunda razón, segundo motivo: la economía contemporánea tiene en su centro la flexibilidad y la precariedad. Ya está ahí la figura de las instituciones semejantes a la infancia, pero se trata de una captura, de una necesidad de la forma contemporánea de la economía, de una necesidad de enfrentar a los movimientos de los años 60 y 70. Por esto, estas instituciones son la captura y la caricatura de posibles instituciones pos-estatales. He escrito una vez que se podría hablar de un comunismo del capital: es decir, que el capitalismo contemporáneo emplea los mismos recursos que podrían sostener nuevas instituciones y muestran, exhiben, como una especie de exposición universal, una cantidad de instituciones más allá del estado. Me refiero a la cantidad de recursos afectivos, sociales y de cooperación productiva actualmente empleadas por el capitalismo posfordista, globalizado, que parecieran ser el recurso natural para ir más allá del estado. De nuevo la palabra clave es ambivalencia: el mismo recurso puede tomar una figura terrible o una figura favorable. Volvamos al estado de excepción y de nuevo a la infancia: el estado de excepción significa precisamente que ya no hay una verdadera diferencia entre reglas y saber hacer respecto al mundo. Es la caída de una diferencia entre reglas que sostenía el gran derecho constitucional del siglo XX. Para mí, esta es la condición de todos los niños: una caída de la frontera rígida entre reglas y saber hacer, es decir, un saber orientarse en el mundo. Pero, ¿de cuál estado de excepción hablamos? Actualmente el estado de excepción es un monopolio de la soberanía estatal. El estado contemporáneo  utiliza esta confusión entre reglas y saber hacer en el mundo. Pues hay un monopolio de esta situación. Las instituciones pos-estatales y ambivalencia: los mismos recursos que toman una forma terrible o una forma favorable. Las instituciones pos-estatales en cuanto instituciones infantiles (no pueriles) tendrían que emplear esta ida y vuelta entre reglas y saber hacer, ida y vuelta fuera del monopolio soberano. Esta experiencia de la ida y vuelta entre reglas formalizadas y saber hacer respecto al mundo, es precisamente la condición infantil. El estado de excepción es una cosa terrible, decisiva, en el derecho y la doctrina del estado contemporánea. Carl Schmitt, un filósofo de la política nazista pero muy inteligente, decía que el estado de excepción es el corazón de la soberanía y de la máquina del estado en general. Bueno, el estado de excepción tiene su correspondencia en la condición del niño, pero las instituciones post estatales deben borrar el monopolio soberano de esta ida y vuelta entre las reglas y el terreno más informal del saber hacer. Este terreno más informal del saber hacer o saber orientarse en el mundo es también el terreno para producir nuevas reglas. De este terreno del saber hacer puedo, a veces, sacar algunas nuevas reglas bien formalizadas. Todo lo que pienso está contenido en esta fórmula: ida y vuelta. Más que ambivalencia prefiero esta ida y vuelta para pensar las posibilidades de las instituciones post-estatales. Podríamos decir: las instituciones del ida y vuelta. Es metafórico pero lo digo seriamente.

CS: Me parece que el momento de institución en nuestra experiencia es un momento muy mínimo en toda la construcción. A la vez, ese momento institucional también tiene que ser un momento infantil y de juego porque sino puede leerse rápidamente como fracaso el intento de encontrar las propias reglas. El tema de la niñez que vos planteas lo veo en el modo en que los chicos prueban, prueban todo el tiempo hasta que saben hacer algo y después vuelven a probar porque hay otra cosa que no saben hacer hasta que saben. Y eso entiendo que es el momento de la institución: muy infantil porque cambia, porque no es la institución fija tal como estamos acostumbrados a pensarla. Para nosotros es complicado pensar las instituciones si no tienen esa impronta frágil, casi líquida, propio de lo que nos pasa a las experiencias que no somos instituciones pedagógicas…

PV: Comparto todo. Quisiera sólo agregar que esta experiencia infantil/institucional, o experiencia infantil de las instituciones, que vos acabas de describir ha sido también la experiencia de algunas comunas obreras al comienzo del siglo pasado, de los consejos de fábrica, de los soviets en sus inicios, antes de la identificación entre soviets y máquina estatal. Agrego que precisamente la experiencia de una institución no rígida que vos acabas de comentar puede constituir un modo sutil, justo, de hacer historia respecto a experiencias del pasado que hoy nos parecen muertas. Con la ayuda de la infancia tenemos que estudiar cómo aparece algo vivo de ciertas experiencias históricas que frecuentemente nos parecen ya terminadas.

Sonia Sánchez[2]: Yo estoy pensando esto de la niñez de la que vos hablas en relación al colectivo en donde estoy yo, que es de mujeres en situación de prostitución. Y me cuesta localizarlo. Hay compañeras que desde los nueve años han sido abusadas sexualmente… Y me preguntaba cómo hacer con esa idea de ida y vuelta, de la ambivalencia, en un momento donde lo más fuerte es la crisis interna. Donde estamos mutando como personas y esa mutación se traslada a la organización. Escuchaba esto de la niñez y no lo puedo trasladar al colectivo donde yo estoy, no puedo ver infancia allí.

PV: ¿Por qué no podes?

SS: Porque mis compañeras, la mayoría de ellas, no han tenido niñez. Y entonces no sé cómo se piensa esto. Cuando vos hacías esa pregunta, si sirve hacer otras instituciones post estatales, yo te digo hermano que sí, que sirve, porque para nosotras las mujeres en situación de prostitución sufrimos al estado como proxeneta. Y es un estado-proxeneta porque es el que nos da la cárcel y las cajas de alimentos y lo que no nos deja vernos de otra manera que no sea como mujeres en situación de prostitución. Por eso te digo que sí sirve pensar lo post-estatal. El tema es que no sé cómo encarar eso de la niñez pensando en este colectivo de mujeres.

PV: Yo tampoco.

SS: Habrá que ir pensando, ¿no?

PV: Las crisis de los colectivos después de un momento de alegría, de tu colectivo por ejemplo, tienen siempre un conjunto de causas contingentes, parciales, pero también es una suerte quizás inevitable de las luchas, de las organizaciones. Creo que este misterio es muy materialista, muy concreto, y merecería ser tratado muy profundamente. Porque esto es cíclico: una oscilación entre un momento de plenitud, un momento de alegría pública, como fenómeno compartido, como fenómeno de la esfera pública, y el sentimiento de impotencia, de tristeza. Creo que este movimiento cíclico es una verdad de todos lo movimientos pero el aspecto propiamente contemporáneo es la brevedad de este pasaje: la secuencia rápida en estos pasajes entre el momento de fiesta y plenitud y el momento de la tristeza y la depresión. Durante mis años, los años 60 y 70, el ciclo de luchas duraba un período de tiempo significativo: diez años y recién después llegó la derrota, el sentimiento de impotencia, etc. Ahora, tanto en Francia, como en Italia o aquí, tengo la impresión de que se trata de breves momentos, una especie de ciclicidad muy fuerte. En Francia, por ejemplo, hay explosiones de luchas muy significativas: hay revueltas de los barrios periféricos cada seis meses. Y luego, repentinamente, silencio. Esto ha sido así también en las luchas de los años 90 en Francia. Luchas contra la disminución del ingreso en el trabajo, luchas de los estudiantes, etc. Creo que esta ciclicidad muy frecuente tiene algo que ver con la naturaleza y la cualidad de los movimientos globales y post fordistas…

CS: ¿Tal vez se relacione con el modo en que esas luchas adquieren algún nivel de reconocimiento que las descoloca? Una compañera de México contaba que al proceso ecuatoriano algunos compañeros lo sintetizaban diciendo “ganamos pero perdimos”. Algo así como que las conquistas logran inscribirse en un determinado nivel institucional, que al mismo tiempo desarma el dispositivo de lucha. Y eso es difícil de pensar y procesar…

PV: Comprendo muy bien, estoy de acuerdo. El reconocimiento institucional de la realidad de una experiencia, o de una lucha, es siempre un reconocimiento parcial, que concierne a un nivel y sólo a aquél. La pregunta a plantear es: ¿por qué los movimientos, las luchas, no pueden aceptar la parcialidad del reconocimiento y conservar la red mucho más rica de su experiencia? Pueden, en principio, pero a menudo no es así. Pero pueden... Por consiguiente, el reconocimiento no es, en cuanto tal, un peligro. El peligro es reducir la red rica de su experiencia al nivel parcial que es el objeto del reconocimiento. Si el reconocimiento no es en cuanto tal un peligro, el problema para nosotros es crear una institución nuestra que acepta y también busca el reconocimiento y que, sin embargo, representa la unidad entre todos los niveles. Sin una institución propia, nuestra, sólo hay dos alternativas: considerar el reconocimiento como un peligro, y según creo, eso es pobreza política; o, segunda posibilidad: aceptar que el reconocimiento institucional captura toda nuestra experiencia.
La única posibilidad de evitar esta doble mala alternativa es una forma mínima, y sin embargo real, de institución alternativa, de institución propia, de institución post-estatal que puede aceptar tranquilamente el reconocimiento parcial, interesado, oportunista, del estado y, a la vez, conservar la relación entre el nivel reconocido por las instituciones estatales y todos los otros niveles. Si querés: entre un nivel de las reglas determinadas y un nivel mucho más informal y rico de experiencias del mundo, de saber hacer, etc. Planteaste precisamente el problema que esconde la palabra institución… Para nosotros, que en líneas generales queremos terminar con los patrones, con los canallas, la palabra institución es una palabra amiga. Sin institución, hay malas alternativas. El juego de los niños o cualquier rito son ya instituciones. Al menos las reglas de nuestros juegos, o sea, de nuestras instituciones, decidámoslas nosotros. ¿Aquí nadie fuma más?

CS: Ahora hay una ley que prohíbe fumar en espacios públicos... (risas)

PV: En mi vida quiero obedecer y saber por qué obedezco. Bueno, voy a esperar. Para nosotros, en italiano, la palabra esperar tiene un doble significado. Es magnífico. Esperar como espera y esperar como esperanza.

CJ: Las instituciones que vos describís como abiertas, ¿qué nombre les pondrías vos? ¿Cómo las llamas?

PV: En mi jerga privada continuaré hablando de infancia, como el título de este libro muy bueno de Agamben que se llama Infancia e Historia. Historia a partir de la infancia. Si el ser humano no fuera marcado por la incertidumbre y el saber hacer del niño, no habría en absoluto historia. Historia, es decir, modificación de maneras de producir, de jerarquías sociales. Todo, la gran historia: la Revolución Francesa, Perón, la dictadura, los colectivos piqueteros. Esta historia, en sentido estricto de la palabra, es posible, simplificando, por causa de la neotenia infantil: estos modos de ser marcados por la posibilidad. Una posibilidad que significa apertura y apertura significa posibilidad, apertura al mundo. Infancia e Historia, o quizás infancia es historia

CJ: ¿Cómo ves el papel o la influencia de las instituciones post estatales y su relación con el estado? Por ejemplo, acá hubo una experiencia con las asambleas que de alguna manera se frustró. Pero hay experiencias, como por ejemplo el presupuesto participativo en Porto Alegre, donde las organizaciones han tenido un papel muy importante en las discusiones del estado. Acá en general eso no ha funcionado pero, digo, ¿está dentro de esta línea o estas instituciones tienen que estar completamente desconectadas del estado?

PV: No tengo una idea precisa acerca de esto, pero pensando ahora mientras hablo, creo que la máxima extrajeridad y distancia del estado era estrictamente necesaria cuando los movimientos querían tomar el poder y transformarse en el nuevo estado. En una situación como aquella, era absolutamente necesario el no compromiso con el estado. Hoy creo que vivimos una situación más radical que la anterior, porque creo que hoy está más madura, no en la teoría sino en los comportamiento concretos, la posibilidad no de construir un nuevo estado, sino de construir una esfera pública no estatal. Pues creo que vivimos una posibilidad que se coloca fuera y más allá del monopolio de la decisión política, o sea más allá del estado. Por consecuencia, en esta situación –insisto: más  radical que la anterior– creo que, a la inversa, se puede siempre tratar con el estado, con su administración. Cuidado, tratar no significa comprometerse, no significa “vender los derechos”. El estado es tortura y represión, de acuerdo, pero es también saber, técnica. La esfera pública no estatal debe chupar lo más posible los recursos actualmente cerrados en la administración estatal. No somos marginales virtuosos, no me gusta la marginalidad virtuosa. Comprendo esta actitud, pero creo que se trata de una actitud después de la derrota.

Para terminar diría: cuando existe la madurez de ir más allá del estado se puede siempre tratar con el estado sin miedo de comprometerse. Durante mis años –hablo de mis años porque cada hombre y cada mujer puede, según creo, participar en cien ciclos de luchas, pero pertenece verdaderamente a un sólo ciclo de luchas–, los años de la revolución contra el trabajo asalariado, creo que los años de la última tentativa en Europa de una revolución política drástica, el problema era tratar la distancia respecto al Estado. Pero era una situación más atrasada que la situación de hoy en día. La situación actual, en cambio, porque es más madura muestra que el estado, además de enemigo de los movimientos, es un hierro viejo o, como prefiero decir algunas veces, una banda marginal del barrio, banda feroz pero marginal.




[1] Asentamiento ubicado en el partido de Moreno, al oeste del gran Buenos Aires, donde se realizan variados emprendimientos productivos. Los Horneros funciona como hogar para chicos que por diversos motivos se encuentran sin vivienda, con derivaciones judiciales, en situación de calle, etc. 

[2] Sonia fue integrante de AMMAR-Capital (Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina) y hoy es miembro del grupo independiente de mujeres Las Locas. Co-autora junto a Maria Galindo del libro Ninguna mujer nace para puta, Lavaca ediciones 2007.

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